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Retratos del último día

El mejor maquillador de cadáveres de Nueva York los dejó así de sonrientes y la fotógrafa Elizabeth Heyert los ha "inmortalizado" en un libro y una exposición. Son baptistas del Sur de Estados Unidos que creen que deben vestir sus mejores galas para reunirse con Dios. Sus familias gastan hasta 16.000 euros en sus funerales.

Engalanados y hasta sonrientes. Casi vivos. Pero no duermen plácidamente. Son cadáveres. Su rostro no debería transmitir emociones, y sin embargo retrotraen al espectador a un viaje imaginario por sus vidas. Han posado para Elizabeth Heyert, fotógrafa que ha ocupado un año retratando cadáveres en una funeraria de Harlem, en Nueva York.

El resultado de su trabajo desembocó en una exitosa exposición llamada The Travelers y en un libro del mismo nombre. Sólo se hicieron seis copias de cada retrato, que se vendieron por un precio que osciló entre los 44.000 y los 60.000 euros.

El proyecto rebasó todas las convenciones y trascendió muchos tabúes. Heyert suprimió los ornamentos que acompañan a los muertos en su despedida —el ataúd, la almohada blanca de seda, las flores— y plasmó su quietud sobre una gran tela negra. "Desde el momento en que quité todos los extras, dejé de sentirme como si estuviera fotografiando muertos y sentí toda su humanidad", señala la artista neoyorquina cuyas obras forman parte de la colección permanente del MoMA de Nueva York o el Museo de Arte Moderno de San Francisco.

Mejores galas. Los inertes protagonistas pertenecían a una comunidad negra de Manhattan. Eran baptistas del Sur de Estados Unidos y su fe religiosa establece que la muerte es sólo el trámite necesario para reunirse con Dios. Su credo obliga a vestir a sus muertos con las mejores galas para el trance. "Creen que van al paraíso, que se van al cielo..., por eso quieren estar tan guapos", explica Heyert, 55 años, judía y atea confesa. "Me parece una tradición maravillosa porque se trata de mirar a un futuro lleno de esperanza".

Desde el momento en que un baptista muere hasta que se celebra su entierro, suelen pasar entre cuatro y siete días, tiempo necesario para que los familiares y amigos lleguen a Nueva York. Los funerales son multitudinarios —entre 200 y 1.000 personas— y pueden durar hasta seis horas. Llantos, música gospel, lectura de textos bíblicos y cartas escritas por los seres queridos, a menudo con notas de humor, son los ejes de la ceremonia.

Con un gran estrés emocional, Heyert trabajó a contrarreloj y de madrugada. Dispuso de pocas horas, entre el velatorio y el entierro. Sin margen. "Tenía muchísima presión porque sabía que no tenía una segunda oportunidad", explica.

La fotógrafa necesitó alrededor de tres horas para cada retrato durante las que se preparaban los cuerpos, las luces y la cámara. Subida a una escalera para conseguir planos cenitales, realizó un total de 33 sesiones.

Sólo conoció a los familiares en un par de ocasiones. Esa falta de contacto fue intencionada: "Si les hubiera conocido, creo que no hubiera podido escapar al dolor y mi trabajo se resentiría".

La logística de las fotos no fue sencilla. Convencer a una familia rota de dolor, tampoco. Si estaban de acuerdo con que sus parientes fueran retratados, firmaban un acuerdo, aunque no era necesario. "Los muertos no tienen derechos legales porque ya no existen", explica Heyert, "pero me horrorizaría si alguien retratara así a mi familia".

La última persona que pasó por su objetivo fue James (pág. 26), un chico de 22 años que murió de forma violenta y cuya madre había fallecido cinco meses antes y que también forma parte de esta galería. Le enterraron llevando sus botas Timberland y un chándal nuevo de su marca preferida. Le llenaron el ataúd con CDs, dinero y decenas de notas de sus amigos y novias.

La fotógrafa cuenta que estuvo llorando durante toda la sesión: "Fue ahí cuando me di cuenta de que mi trabajo había llegado a su fin". El proceso creativo incluyó sufrir pesadillas, trabajar en un sótano húmedo y soportar el olor a líquidos balsámicos. Y el proyecto hubiera sido imposible sin Isaiah Owens, el director de la funeraria de Harlem donde se hicieron los retratos. Él es el otro artista de esta obra, el artífice de la belleza de los protagonistas de The Travelers.

Owens, de 54 años, trabaja más de 12 horas diarias en unas barrocas pompas fúnebres de color rosa. Se ha convertido en una celebridad en el sector funerario de Estados Unidos porque sólo él consigue dejar a los muertos más guapos de lo que eran en vida. El secreto está en las técnicas mortuorias de restauración y maquillaje —la tanatopraxia, que lleva practicando desde los 20 años— y en particular, en la sonrisa que dibuja en unos rostros sin vida. "Hay funerarias por todo el país que intentan imitar mi sonrisa, pero no consiguen que sea tan dulce", se enorgullece Owens. "Aquí [los muertos] tienen tan buen aspecto que la gente me dice que quiere llorar, pero que al verles tan felices y guapos les cuesta más", dice con acento sureño. Y a juzgar por las cifras de su negocio esa sonrisa es irresistible: prepara más de 400 entierros al año. Y los funerales pueden costar entre 6.800 y 16.100 euros, dependiendo del bolsillo y los gustos de la familia.

Para conseguir que la cara recupere el tono que los músculos han perdido, inyecta bajo la piel un líquido que al entrar en el cuerpo se convierte en gel, como un botox que disfraza la muerte. Con esa masa espesa, Owens modela las caras como un alfarero. Luego viene el maquillaje "con productos para seres vivos, no para muertos, porque aquéllos dan una apariencia tétrica". La factura de los funerales resulta cara, pero Owens sólo cobra 52 euros por la restauración y el maquillaje de los cuerpos. A veces, cuando la persona tiene cortes severos o malformaciones graves, cobra 120. Abarata el precio para que todos sus clientes estén guapos, independientemente de su clase social o del presupuesto que tengan.

Traje póstumo. Los baptistas suelen dejar dicho qué quieren llevar puesto en su último día. Las mujeres llevan elegantes sombreros, vestidos de etiqueta, telas brillantes, con lentejuelas y colores muy vivos. Los hombres también llevan sombrero y suelen lucir trajes blancos. Al más puro estilo faraónico, son enterrados con sus joyas… y todo lo que acarrean es de estreno.

Hasta el propio Isaiah Owens, que emigró de Branchville (Carolina del Sur) a la Gran Manzana, ya tiene planeada su despedida. Hace 10 años encargó su ataúd, hecho de madera africana de 300 años de antigüedad, forrado con chinchilla y con un cofre de bronce macizo. Cree que su funeral será multitudinario y no quiere defraudar a los que vayan a despedirse.

Heyert quiso captar con su objetivo la belleza tranquila que consigue Owens. "No quería hacer nada escabroso. Quise honrarles, dignificarles y conseguir que todo el mundo viera lo interesantes que eran".

Esta galería post mortem es el segundo trabajo de una trilogía inconclusa que comenzó con The Sleepers, 25 retratos cuyos protagonistas fueron fotografiados mientras dormían desnudos. "Ahí trabajé con las emociones más íntimas porque las personas no eran conscientes en absoluto", explica. "Me pregunté qué pasaría si hiciera lo contrario, si los sujetos no transmitieran ningún tipo de emoción. En The Travelers todo lo que sentimos viene de nosotros". Al final, el trabajo de Heyert hizo honor al lema de la funeraria de Owens: "Donde la belleza hace más ligera tu pena".

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